//La noche que el pueblo volvió a hacer santo a Monseñor Romero

La noche que el pueblo volvió a hacer santo a Monseñor Romero

El “sufrido pueblo” que encontró en Monseñor Óscar Arnulfo Romero un defensor de sus derechos y alivio en sus denuncias y planteamientos críticos hacia los sectores de poder económico, lo nombró San Romero de América desde el  24 de marzo de 1980, fecha en la que un escuadrón de la muerte, ordenado por el Mayor Roberto d´Aubuisson -según el informe de la Comisión de la Verdad de la ONU- le quitó la vida, con el propósito de callar su voz. 38 años después ese pueblo celebró que finalmente la iglesia católica reconoció que fue asesinado por odio a la fe y por su opción preferencial por los pobres, y lo vovió a declarar santo.

Por Josseline Roca con aportes de Krissia Girón

La bala asesina, impregnada del odio de uno de los grupos a los que más cuestionó: la oligarquía, no impidió que el obispo de los pobres renaciera en miles de salvadoreñas y salvadoreños. 38 años pasaron del crimen que conmocionó a quienes le veían como su altavoz, un férreo defensor de derechos humanos y le llamaron el Santo de América.

Ese pueblo, y nuevas generaciones que han conocido de su mensaje y obra, vinculada con los sectores más vulnerados, se  reunió en el lugar donde hace tres años, la iglesia católica, lo beatificó: la Plaza Salvador del Mundo. Una a una llegaban las personas provenientes de diferentes departamentos de El Salvador y de otros países, para, tres años después, celebrar que este 14 de octubre Óscar Arnulfo Romero sería nombrado Santo, por el primer papa latinoamericano, Francisco.

Tras participar de un festival popular, entre pancartas, globos, batucada y consignas, diferentes sectores iniciaron la peregrinación de la luz, con el sol empezando a ocultarse. Iglesias, organizaciones sociales, sindicales, estudiantes, juventudes, niñez, mujeres y hombres, todos y todas se habían preparado para recorrer una de las principales calles de San Salvador. El destino: la Plaza Cívica, en el centro de la capital, donde se reunirían con centenares más, para presenciar la misa de canonización, del salvadoreño más universal.

Pero no solo estaban allí para celebrar que la iglesia finalmente escuchó el clamor de su pueblo, al elevarlo a los altares, sino para recordar que Romero fue asesinado por odio a la fe y a su opción preferencial por los pobres, por quienes se enfrentó a los grupos de poder económico y a gobernantes que reprimían al pueblo. También, para hacer memoria de quién ordenó su crimen.

Entre la multitud que avanzaba en la peregrinación, se veían alzados los rostros de otros y otras mártires de la iglesia, y de más víctimas de la guerra, como símbolo de los miles de nombres de quienes fueron reprimidos por el Estado.  Su demanda de verdad, justicia y reparación también estuvo presente. La  sindicalista Marta Argueta, así lo recordó.

Avanzaba la peregrinación de la luz. Caída la noche, más se sumaban al festejo popular del Romero vinculado al pueblo oprimido del pasado y del presente, a causa del sistema, que para él era y es necesario cambiar de raíz.

Eran casi las 8 de la noche. La peregrinación había terminado, para dar paso a la misa popular.

La luz del mensaje de Romero va iluminando las actuales luchas del pueblo, recordó ante miles que ya se congregaban frente a catedral metropolitana, el padre José María Tojeira, director del IDHUCA, quien ofició la misa popular. En ese lugar, expresó al pueblo que aquellos grupos de poder que ofendieron al obispo mártir en algún momento, quedan fuera de la historia ante la trascendencia de su figura.

Estos sectores estuvieron detrás del asesinato y desaparición de miles y miles de personas durante el conflicto armado, denuncian las organizaciones de derechos humanos, entre ellas, sacerdotes, catequistas, y defensoras y defensores de derechos humanos a quienes la hermana Nohemy Ortíz, representante de las Comunidades Eclesiales de Base, rememoró en su discurso al finalizar la misa popular.

Alegría y esperanza: los dos sentimientos que emanaron de las más de 30 mil personas que se congregaron en la plaza cívica, como hace 38 años cuando en ese lugar el entierro de Romero terminó en represión.

Esperaban el instante en que el Papa Francisco nombrara santo a Romero, el cual llegaría con la madrugada.

Globos se elevaron, cohetes y campanas sonaron, anunciaban que la iglesia católica hizo justicia, reconociéndole como Santo. Entre lágrimas, sonrisas, gritos, cantos y oraciones, el pueblo de Romero celebró.

Llegó la mañana del domingo. Quienes estuvieron allí para presenciar uno de los hechos históricos más importantes del país, se retiraron; algunos planteando el desafío de mantener viva la memoria de Romero, esa que trasciende de la religión a la defensa de los derechos humanos y a la vigente demanda de cambios estructurales en el país del “sufrido pueblo” del obispo mártir que lo volvió a declarar santo.

📢 Momento de la #CanonizaciónDeRomero #MonseñorRomero #RomeroDelPueblo #CanonizaciónRedArpasInformó: Krissia Girón

Gepostet von Arpas am Sonntag, 14. Oktober 2018